Por Laura Muñoz Liaño.
Denunciar no es solo exponer un hecho: es cambiar su posición dentro del relato y activar una respuesta que el sistema no siempre puede absorber.
Denunciar no es solo hablar. Es cambiar de lugar dentro del relato.
Mientras no se denuncia, el daño permanece en una zona administrable. Puede negarse, diluirse, reinterpretarse. Forma parte de lo que el sistema sabe absorber sin alterarse. Pero cuando se formula, algo se desplaza.
No solo aparece el hecho. Aparece la reacción.
Najat El Hachmi señaló una paradoja inquietante: cuanto más se denuncia, más se agrede. No se trata solo de violencia directa, sino del desgaste que se activa cuando alguien deja de ocupar el lugar que le había sido asignado. En esa misma línea, desde la Fiscalía de Violencia contra la Mujer se ha afirmado que el 100% de las mujeres que denuncian una violación no volverían a hacerlo. No por lo ocurrido, sino por lo que ocurre después.
Ese después es clave.
Denunciar no es únicamente trasladar un conflicto a un marco legal. Es entrar en escena. Y cuando algo entra en escena, el sistema responde. No siempre de forma visible. Pero responde.
El cine ha trabajado con esa lógica desde hace tiempo. No como tema, sino como forma.
El cine reciente sitúa la denuncia en su punto más incómodo: cuando el sistema actúa sobre el cuerpo y el tiempo que viene después.
En Belén (Dolores Fonzi), una joven es detenida en un hospital bajo anestesia, acusada de haberse provocado un aborto. La denuncia se convierte en una disputa por el sentido dentro de un sistema que ya ha construido su versión.
En La mujer de la fila (Benjamín Ávila), la escena se sitúa después: la espera, la fila, la burocracia. La denuncia deja de ser un momento para convertirse en una condición sostenida. En ese espacio aparece una red que el sistema no controla del todo: la de las mujeres que acompañan.
Dos tiempos distintos. Una misma lógica. El cine de denuncia no resuelve. Desplaza. Impide seguir mirando desde fuera.
Denunciar se parece a eso. No introduce necesariamente algo nuevo. A veces solo impide que lo existente siga oculto. Pero ese gesto tiene un precio.
Y, aun así, empiezan a aparecer otras formas de entrada en escena. No siempre pasan por los cauces habituales. A veces ocurren en paralelo.
Surgen espacios donde la palabra aparece sin intermediación. Como “La Nuestra”, concebida como archivo vivo donde las mujeres relatan la violencia y construyen memoria colectiva.
Pero la pregunta permanece.
¿Es suficiente relatar?
Nombrar no siempre transforma. Acumular testimonios no garantiza cambio.
Entonces, ¿qué falta?
Que cambie el encuadre.
Ahí es donde la tecnología introduce otra posibilidad. No como solución total, sino como desplazamiento.
Plataformas como AuraEON, ecosistema educativo integrado para centros escolares dentro de Pollo Assistance, núcleo de gestión de identidad e inteligencia artificial, apuntan hacia otra lógica: no solo reaccionar ante el daño, sino detectarlo y hacerlo visible antes de que se consolide. Es obra de un adolescente que ya experimenta con dar soluciones a la sociedad a través de la tecnología. Su motivación fue el acoso escolar.
No sustituyen a la denuncia. Pero la reconfiguran. ¿Es posible denunciar sin exponerse completamente? ¿Es posible intervenir antes de que el daño sea irreversible?
Durante años, la respuesta ha sido individual: protegerse, resistir. Ahora empieza a aparecer otra vía: alterar el contexto.
Denunciar tiene un coste.
Relatar no siempre transforma.
Los sistemas no cambian de inmediato.
Pero hay algo que sí se modifica.
El momento en que algo entra en escena. Porque a partir de ahí, el relato cambia.
No en lo que ocurrió, sino en lo que ya no puede seguir ocultándose.
El sistema puede resistir. Puede dilatar. Puede intentar recomponerse.
Pero algo ya ha entrado en plano. Y no todo lo que entra vuelve a salir.
Denunciar es necesario porque lo que no se denuncia, se repite.

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